30 de Julio de 2026
Tema: Restaurados para Restaurar
“Restaurado para restaurar”, es una frase que parece sencilla, pero que encierra uno de los procesos más profundos que puede vivir un ser humano.
Cuando Dios nos escoge para una asignación, primero trabaja con nosotros. Antes de enviarnos, nos forma. Nos quebranta, nos moldea y nos transforma. Así como un diamante, que mientras más cortes recibe mayor valor adquiere, Dios permite procesos en nuestra vida que desarrollan nuestro carácter y nos preparan para cumplir Su propósito.
Muchas veces nos rompe para darnos un corazón nuevo. Porque para restaurar a otros, primero debemos ser restaurados nosotros. De lo contrario, nuestro mensaje se enfocará en nuestro dolor y nuestras heridas, y podríamos terminar lastimando a quienes intentamos ayudar.
El cambio produce estructura. La misma Palabra nos enseña un proceso de crecimiento: primero la leche espiritual, luego el alimento más sólido, hasta llegar a la madurez. Es un proceso donde la madurez espiritual nos capacita para cumplir el llamado de restaurar a otros que necesitan escuchar nuestro testimonio y comprender que no se trata de nosotros, sino de Dios y de lo que Él ha hecho en nuestras vidas.
Pienso en Isaías. Dios lo utilizó para traer revelación y advertencia a Su pueblo. Sin embargo, antes de enviarlo, permitió un proceso de limpieza. Cuando Isaías tuvo aquel encuentro con Dios, un serafín tomó un carbón encendido del altar y tocó sus labios, declarando que su culpa había sido quitada y su pecado limpiado. Antes de la misión, vino la sanidad. Antes de la palabra, vino la purificación.
Por eso es tan importante la sanidad en este tiempo. No podemos dar lo que no tenemos. No podemos hablar de libertad mientras vivimos cautivos. No podemos ministrar restauración si aún no permitimos que Dios sane nuestras heridas.
Sé que no es fácil. Tal vez la vida te ha golpeado. Quizás algunas heridas han sido consecuencia de decisiones equivocadas, y otras simplemente llegaron sin explicación. Pero aun así, Dios sigue ahí, dispuesto a levantarte. Él no te rechaza por tus caídas; al contrario, extiende Su mano para restaurarte.
Pero hay algo importante: debes darle permiso. Dios no obliga a nadie a sanar. Él toca la puerta, pero eres tú quien decide abrirla.
Hoy te invito a permitir que Dios trabaje en tu corazón. Déjate sanar. Déjate restaurar. Porque cuando Dios termina Su obra en ti, tu dolor se convierte en propósito, tus cicatrices en testimonio y tu proceso en una herramienta para levantar a otros.
Primero restaurados. Luego enviados a restaurar. mma
¡Bendiciones!
María Mercado Arroyo
Organización Mujer Eres Especial
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